El arroyo de la Malena

Escondido, lejos del turismo y de las guías, lejos incluso del recuerdo, descendiendo por un cerro colmado de pinos y sabinas, partiendo la tierra a su paso, se encuentra una manantial cuyas aguas apenas recorren unos centenares de metros. Pero dejan una estela única, de pura geología. Porque todo lo que toca lo convierte en piedra.

Vierte sus aguas a la Laguna Cenagosa, aunque su raquítico caudal es totalmente dependiente de los estiajes y las sequías, por lo que, en ocasiones, no se encuentra su rastro. Su deshonra fue ir a morir por un sumidero artificial de cemento al construirse la carretera de Argamasilla de Alba. Su magia: todo lo que toca lo convierte en piedra. En la zona se lo conoce como el arroyo de la Malena1, un pequeño reguero que cae desde lo alto del cerro que se asoma a la laguna Cenagosa.

Edificios tobáceos jóvenes son apreciables a lo largo de todo su curso, con una actividad intensa sólo en épocas de abundancia hídrica.

Sólo cuatrocientos metros separan su nacimiento de la laguna. Nace a los pies de un árbol cuyas raíces quedan colgadas al aire, aunque hay huellas de posibles surgencias en cotas superiores, probablemente de épocas de crecidas. Aunque, al asentarse sobre una rambla, es posible que el torrente sea pluvial.

Sumidero (abajo, izquierda) por el que cruza la carretera y va a morir a la laguna Ceganosa (derecha).

El agua se va remansando de forma natural, se escapa de sus propias represas diminutas (unos pocos centímetros) y va jugando con el terreno de forma caprichosa. Lo que más llama la atención es el color amarillento del lecho. Lo que a primera vista parece un barro suave y blando es en realidad dura piedra.

Tramo más empinado del arroyo.

Se trata de una clara formación de edificios tobáceos de lecho, gracias a la pureza del agua y unas condiciones climáticas propicias para la fijación de carbonato cálcico mediante mecanismos bioquímicos.
En cierto punto existe un pequeño tramo más empinado que favorece una activa formación de tobas, diminutas represas, jóvenes edificios que, de continuar el proceso, darán lugar a otros mayores. En la parte alta está el mayor desnivel (unos dos metros) presidido por una llamativa formación kárstica vertical en forma de columnas adosada a otra en forma de cortina. Un ejemplo claro de la labor constructiva del agua en su discurrir.

Las pequeñas ramas y raíces del lecho quedan petrificadas y teñidas del llamativo color amarillo. Este proceso se da en las cotas más bajas, pero desaparece en las altas, donde el agua simplemente discurre por un pequeño arroyo sin demasiada importancia.

Parte alta del arroyo.
Detalle del lecho petrificado. Obsérvese la diminuta formación kárstica que ha creado una pequeña acumulación de agua. De continuar los procesos de precipitación de carbonato cálcico, irá construyendo una mayor. Éste es el origen de las grandes barreras actuales y sus cascadas.

Esta es una buena prueba de que la verdadera magia de Ruidera no está en su agua, sino en sus piedras. Para que continúe es importante mantener unos niveles de pureza óptimos, sin contaminación. Importante, también, es evitar el pisoteo de su lecho (algo que se suele dar en las zonas de baño). Esa actividad aporta detritus (descomposición de materiales sólidos en partículas) que daña gravemente este tipo de formaciones y detiene su formación. Es importante, siempre, pensar que en un segundo podemos destruir algo que lleva siglos en formación.


Héctor Campos, escritor y fotógrafo.

(1) Nombre aportado por Salvador Jiménez.