El río que pasa por mi pueblo

25 AÑOS DE UN INSPIRADOR TRABAJO DE SALVADOR JIMÉNEZ RAMÍREZ

Hace más de 25 años (un cuarto de siglo) que se publicó un libro valiente y pionero que se atrevió a unir divulgación y denuncia. Este es nuestro pequeño y modesto homenaje a través de una historia personal.

Ya se acostaba el sol por el cerro de enfrente. Jugaban sus rayos con nubes perdidas, creando fuegos celestes que se reflejaban sobre la laguna, tímida, silenciosa, quieta, su superficie alborotada sólo por algunos chapuzones de ánades juguetonas. Yo me sentía en el paraíso, en plena adolescencia, rodeado de naturaleza donde esparcir imaginación y sueños. Y, sin saberlo, se iban colmatando en mi interior vivencias que se convertirían en recuerdos. Y de entre los recuerdos, recuerdo…

El ruido del chorro de agua sobre el alcorque que la azada había abierto inundaba mis oídos y producía una hipnótica melodía. En el centro, a penas un palo, raquítica promesa de futuro árbol, un empinado y delgado tronco de tonos blancos. Las gruesas y oscuras manos de mi abuelo apartaron la azada y cortaron el chorro. Miró su trabajo, como el mayor logro de su vida (por ser el más reciente, pues siempre dejaba todo su empeño en lo que hacía) y me dijo, no sé si improvisando o lo venía rumiando mientras trabajaba:
–La sombra de este árbol no me tapará.
Mis jóvenes oídos comprendieron y no comprendieron. Entendieron y no quisieron entender. Y entonces él remató:
–Que no se te olvide. Acuérdate: tú verás la sombra de este árbol. Pero yo no.
Me acuerdo. Han pasado veinte años y me acuerdo. El escuálido palo es hoy un tronco grueso bajo una cubierta vegetal frondosa que susurra al viento del atardecer. Y bajo ella me cobijo, como predijo mi abuelo.

No lo recuerdo exactamente, pero ese mismo año, quizá ese mismo día, me había hecho con un libro que llevaba días viendo en una tienda del pueblo (y que se había publicado algunos años antes). A mis 16 años (calculo), yo ya intuía que algunas “cosas” que pasaban en Ruidera no eran normales. No entendía por qué una pareja de la Guardia Civil había echado intimidatoriamente a un chaval que circulaba feliz con su bicicleta por el cerro, por (al parecer) haberse adentrado en una finca de unas hermanas muy famosas en España cuyo nombre fueron incapaces de pronunciar (quedándose todo en un intento parecido a “Coplublis”). No entendía por qué no podía sorber más agua de la Fuente del Molino porque alguien la había cercado y amenazaba (literalmente) con soltar a los perros “Y entonces tú verás lo que te puede pasar…” No entendía tantas y tantas cosas, pero tampoco sabía ordenar mis pensamientos.

Hasta que ese día fui en bicicleta, como cada mañana, a comprar el pan y el periódico (objetos ambos imprescindibles para mi abuelo). En mi mochila regresaba esta vez también ese objeto rectangular, un libro de verde portada con un título literario: “Lagunas de Ruidera, el río que pasa por mi pueblo”. Lo devoré. Descubrí así lugares, leyendas, historias, geología, botánica, gastronomía, arqueología… Pero, también, recuerdos, pensamientos, reivindicaciones, valentías, decepciones, esperanzas, ilusiones, críticas… ¿Cómo era posible que un libro de divulgación sobre un parque natural fuera tan variado y valiente? Mi adolescente mente se conmocionó: ¿cómo no había encontrado esa sinceridad, esa lucidez, en ninguna otra publicación? Abrí los ojos. Ese libro verde me cambió. Me gritó con palabras impresas: no hay que seguir la corriente. Y, de repente, “El río que pasa por mi pueblo” significó también un torrente que ascendía el valle en medio de tanta ceguera, en vez de dejarse llevar como el resto.

Aquella tarde mi abuela leyó buena parte del libro. Mi abuela era una lectora compulsiva. Hasta justo antes de perderse en la densa neblina de la embolia cerebral, podía opinar de todo: política, literatura, sociedad, actualidad, historia… Así que su opinión me era muy apreciada. Pero mi abuela también era escueta en sentimentalismos. No se dejaba caer en la ñoñería que hoy tanto alimenta las fatuas redes sociales. Así que cuando leyó en voz alta aquel pasaje sobre el pueblo de Ruidera (que la había llamado la atención), destacando la valentía de su autor, confirmó mis propias impresiones. Y así, el nombre de Salvador Jiménez Ramírez se convirtió (sin él saberlo hasta algunos años después) en la de un maestro en la distancia.
Pero lo curioso llegó después: mi abuelo, que no leía más que el periódico, asió el mismo libro. Y lo hojeó. Aún tenía las manos manchadas de tierra. Creo que mi abuelo siempre tenía las manos manchadas de tierra: siempre estaba plantando árboles, cuidándolos, mimándolos… Y a mí, que siempre cuidé de mis libros como si fueran tesoros, no me importó que una huella de uno de sus dedos quedara impresa en “El río que pasa por mi pueblo”. Porque sabía, como aquel árbol cuya sombra nunca vio, que sería un recuerdo para siempre. Y así es: esa huella marrón sigue impresa en la misma página, como si no hubieran pasado veinte años y él aún siguiera vivo.

Hoy me asusto al ver que pocos, muy poco, se atreven a hacer lo que hizo Salvador Jiménez hace tantos años (y que continuó haciendo durante toda su vida). Hoy me asusto (y huyo) de quienes niegan o miran para otro lado. De quienes no quieren ver (y mucho menos hablar), porque con su silencio normalizan y ocultan una realidad incómoda (para algunos). Porque es imposible ensalzar la belleza de este lugar sin denunciar el daño que se le infligió (y se le inflige). En ese sentido, pocos pasajes son tan maravillosos como los que escribió Salvador en “El río que pasa por mi pueblo”. Unos párrafos que me aprendí de memoria. Y decían…

Si tú, apasionado lector, hubieras conocido la magnificencia ecológica, la maravillosidad natural de las lagunas, donde cada orilla, cada senda, cada otero y cada cerro son un paseo de melancolía; si tú hubieras conocido ese paraje antes de fijar en la deidad de sus lagunas, sin ninguna componente estética, auténticos fetiches de ladrillo y hormigón, que riegan las heces en las aguas, donde es difícil entender que se pueda desarrollar ninguna otra actividad que no sea la de preservar el agua; si hubieras visto este sitio antes de las invasiones de gente de tan mala guisa, donde quiera que ahora estuvieras, sería el escenario de tus sueños y recuerdos como lo es de los míos.

Recuerdo aquellos amaneceres tan en silencio, que hacían el metabolismo lento. El sol muy despacio le ganaba a la sombra laderas, golliznos y cerros. El canto de la calandrias y el croar de las ranas era un pregón sincero. Las lagunas brillaban cual halo de divinidades y la brisa robaba gotas a las cascadas del Hundimiento, transportándolas al envidioso firmamento. Un suave viento rizaba la superficie de la laguna, borrando a veces el cristal del elemento. Silencio… y silencio. El aire subía húmedo de la laguna hasta lo alto de los cerros y detrás del sol iba un nubarrón negro oscureciendo un claro de cielo, y la enorme bola marcaba una orla de oro y fuego en el nublo que estaba impreso en el agua, fundiéndose en el añil del doble cielo, y el agua y el cielo brindaban a los sentidos la ilusión de hallarse a cubierto, dentro, para alcanzar y pintar como un cometa por los cielos.
Recuerdo ver altivos comportándose a los poseedores del lacustre imperio, y a un grupo de chavales buceando en la laguna del Rey como en un barco perlero, buscando unas monedas que al agua les lanzaban los primeros turistas que llegaron al pueblo. Recuerdo a un campesino con su blusa sudorosa, tintada de salitre reseco, sentado a la puerta de su casa, almorzando placentero, mientras dos niña como ángeles correteaban después de beber agua en la laguna con las manos en actitud de rezo. Recuerdo el canturreo de vencejos y golondrinas echando carreras por las calles del pueblo, y aquellos peces de la laguna y de las fuentes, que sin instinto de huida se podían rozar con los dedos. Recuerdo el ruido de la lluvia de las cascadas y las palomas que transponían por los cielos, y un palio de árboles y una tesela de musgo en el suelo y grandes almeces, acacias y espinos que apuñalaban al viento; que desgreñaban y revolvían la morada de las ninfas que retenían a la fuerza el pensamiento. Recuerdo el primer coche que paró en un ribazo de amapolas repleto y el primer traje de baño, nos bañábamos… en cueros.
Recuerdo ver languidecer una tarde y un gallo farruco cantando en las calles del pueblo y a un anciano cerca del río mimando un pequeño huerto, enjugándose el sudor de la frente con los brazos, de reojo mirando al primer turista que le pisoteó el terreno. Recuerdo legiones de aves arremolinándose en los carrizales, regidas por leyes no escritas, con sus aleteos rompiendo el silencio, y una tertulia de muchos pájaros negros, y luego el silencio y el brillo del agua con el universo dentro. ¡Hermoso lugar para fortalecer con sus iones espíritu y cuerpo! Y allí las lagunas serenas resonando de alegrías y penas los ecos, sosegadas, pero no seguras de poder salir de los entuertos.
Quise desde las alturas, con mis sueños y recuerdos llegar hasta aquello; creí por un momento haber llegado lejos, pero sólo fue un dardo de fuego en un amanecer y atardecer lagunero y ruidereño, pero si el universo es un todo asimétrico y coherente este lugar me sirvió de espejo.

Salvador Jiménez Ramírez, “Lagunas de Ruidera, el río que pasa por mi pueblo” (ediciones Perea, 1994)