Andanzas y peripecias por sendas, veredas y caminos de “Hispania” (I)

En estos (por qué no decirlo,) peliagudos artículos, no vamos a disertar sobre el origen del nombre “Hispania o Ispania”, que según estudios de filología se derivaría de la palabra fenicia i-sephan-im; que vendría a decir algo así como “costa o isla de los conejos” ¡Ahí es nada! Aunque en un texto asirio relativo a Sargón, aparece el nombre de Anaku: unas tierras de Occidente, que varios estudiosos las identifican con la Península Ibérica.

En estos capítulos vamos a hablar de inmemoriales, senderos, trochas, caminos de herradura y carreteros, que las sociedades, conforme se iban conglutinando, gradualmente, los proyectaban acoplándolos a las benignidades orográficas; entroncándose, la mayoría, con calzadas romanas; luego caminos nacionales, comarcales y locales o vecinales, cuyos primitivos alineamientos o trazados, continúan siendo, en gran parte, los ejes de las vías de tráfico actuales; adaptadas, en su mayoría, a la gran diversidad de los nuevos medios de locomoción…

Nacen las primeras “Trochas de Andadura”, con los primitivos grupos humanos que vivían sin asiento o residencia fija; al tener que nutrirse de la fauna indómita, (con la que competían por el dominio del orbe) de frutos silvestres y demás recursos que tenían que “pillar” de la Naturaleza… Por lo que hubieron de hollar la tierra con sus desnudos pies o mal rebujados; transcurriendo dos o tres generaciones para patear cien kilómetros; unas veces en alegre algarada, otras en tormentoso peregrinar; amparándose en paravientos de ramajes y abrigos de roquedales… Encarando su atención a cualquier cosa que fuera comestible o significara peligro, marcaron y orientaron para su supervivencia cíclicas rutas y trochas, que poco a poco se irían señalando con las pisadas hasta convertirse en caminos asenderados; caminos de cavernas, cañadas, caminos de herradura, caminos carreteros o carreteriles, caminos reales y vecinales que, quedaban a cargo de las primeras diputaciones y ayuntamientos. En 1955, había en España 42.591 kilómetros de caminos vecinales a cargo de las diputaciones. En la actualidad la conservación y catalogación de toda la red de caminos vecinales, compete a las corporaciones locales o consistorios, en su correspondiente término municipal. Aunque ante cualquier ruego de socorro, unos organismos suelen “amparar” a otros…

Andando el tiempo, se fueron enlazando aldehuelas, villas, fortalezas, pueblos y cortijos feudales; que se construyeron al borde de los relejes de los caminos… Nacían así las vías de comunicación terrestres, entre las sociedades, para su comunicación y agrupación sociales; facilitando las relaciones y contactos, (también las correrías) entre los diversos elementos económicos, sociales y políticos que las iban estructurando… Por tanto, hasta que el individuo humano conquista el aire y amén el agua, todos los movimientos y acciones (hasta las arrolladoras fabulaciones de la mente) de las sociedades que florecieron y sucumbieron, en el transcurso de los tiempos, estuvieron encauzados, casi siempre, por los caminos, hasta la planificación de los primeros tramos de carreteras; impulsados por el rey Fernando VI. Nótese que, en 1802, en la península Ibérica, la red de carreteras no rebasaba los 2.000 Km.

El avance del ferrocarril, en el último tercio del siglo XIX, (el 28 de Octubre de 1848, se ponía en funcionamiento la primera línea férrea) aplica a los caminos considerables cargas; llegándose a planear el abandono de tramos de caminos y carreteras, que discurrían paralelos a las vías férreas…

Cuando exploramos alguno de aquellos atávicos carriles por los que, en nuestra niñez, nos asombraba el trasiego de arrieros, estraperlistas, titiriteros, leñadores, chamarileros, quincalleros, campesinos del vecindario…, y también rodaba y andaba el “mercado” de la vida y de la muerte, nuestra mente forja imágenes mágicas y fabulosos constructos sociales de la existencia, tristes y complejos… A medida que vamos entrando en las “regiones” del recuerdo, mientras reparamos en hondos relejes carreteros y en un gran bloque de caliza, donde antaño apoyando la gavilla, se reconfortaban leñadores y esparteros, se superponen muchas secuencias de un ayer lejano… Hace no tanto, anduvimos por “Rutas de Don Quijote” atestadas de basura, cañadas, coladas, sendas de herradura y circulamos por algunos de aquellos inmemoriales caminos vecinales y en no pocos nos encontramos con ocupaciones y apropiaciones indebidas e ilegales de lo público y en varios leemos: “NO PASAR, CAMINO PARTICULAR”, “PROHIBIDO EL PASO”… Pero… ¡Adelante! Pasen principales y “amigüitos”… Nos acongojan las pulsiones de ecos muy añejos, encadenados a los aciagos tiempos del “Beneficio” y “Vasallaje”, que hoy se continúan practicando, con otros “códices”, por estructuras acaudaladas de dudosa hechura; sobradas de caudales y “fortaleza” letrada, para moverse por los recovecos de los regímenes y por la “flojera” e “hipofunción” de administraciones “pichonas”, comodonas y cobardonas.

En ese esquema mental, al contemplar contenencias y picados de unas aves, pensamos que los sistemas debían ir por otros derroteros; fabulando que la verdadera y justa dimensión de la vida humana, no la deberían marcar ciertas categorías socioeconómicas o políticas, pero volvemos a la cruda realidad al avistar un alcázar, donde la historia parece haberse detenido y alguien que rueda vistoso, en el goce de su plenitud dominante, nos “aborda” e interpela con prepotente y molesto talante… Vagando por el profundo reguerón de los recuerdos, tantos y tantos olvidos nos anulan un tanto la lectura de la dimensión física de los actuales parajes y paisajes, al aproximarnos a una encrucijada… (Continuará).

Descansadero natural, a la vera de un inmemorial camino, donde la gente que, antaño, transportaba a cuestas pesados fardos, gavillas de leña, haces de esparto…; se tomaba un respiro apoyando la carga… Foto: Salvador Jiménez.

Por Salvador Jiménez Ramírez (escritor).