Las formaciones kársticas más jóvenes de Ruidera

Torrentes, pozas, cascadas, estromatolitos… De menos de un siglo de antigüedad. La Naturaleza nunca se detiene y continúa en Ruidera con su actividad entre las lagunas Tomilla y Tinaja.

Una de las características de la naturaleza que más le cuesta al ser humano comprender es que nada permanece; todo cambia. Buen ejemplo son los derrames de la laguna Tomilla, que van buscando a su hermana Tinaja a través de una torrentera sobre una amplia rampa que ha sufrido grandes erosiones y que, aún hoy, cambia día a día. Cascadas, pilones, lagunazos, rápidos, desmoronamientos… Todo en un lapso de tiempo insignificante geológicamente hablando. Y el proceso continúa. Gracias a ello somos testigos de constantes procesos erosivos.

Panorámica de la rampa entre las lagunas Tomilla y Tinaja.

Erosión constante y visible
Pocas veces somos testigos de cambios importantes en el terreno, accidentes geológicos que modifican sustancialmente el paisaje. La lógica nos hace creer que todo lo que vemos en Ruidera es antiquísimo, que la naturaleza lo moldeó hace siglos, quizá milenios. Pero no es así con la torrentera existente entre las lagunas Tomilla y Tinaja, donde encontramos muy interesantes representaciones kársticas (formaciones calizas fruto de la acción erosiva o disolvente del agua) que no alcanzan ni el siglo de antigüedad, y cuya actividad es patente; prácticamente de un año para otro podemos apreciar cambios.

Misma panorámica con indicaciones.
Formaciones kársticas muy jóvenes.
En primer plano, intensa actividad geológica activa en el cauce.

Una poza muy joven
La zona más popular, por su belleza visual, es el llamado “Barranco de la Ringurrina”, poza que alguien de Tomelloso que pasaba por aquí en los años 50 dijo que se parecía a una plaza de toros (gracias a Salvador Jiménez por la apreciación). Nombre en absoluto tradicional, sino caprichoso y arbitrario, que parece haberse impuesto pese a que nunca lo recibió oficialmente, ni en mapas ni en guías ni en libros, hasta que se instaló un panel informativo ya en el siglo XXI. Se trata de una depresión kárstica irregular, aunque de forma circular, de unos 400 metros cuadrados de superficie, 73 metros de circunferencia y 33 metros de diámetro (mediciones propias). Pese al abundante desarrollo de formaciones naturales que hoy presenta, sólo tiene 73 años (cuando se publica este artículo, en 2020), pues se originó en las riadas acontecidas en 1947.

Llamativa poza formada en el torrente que une las lagunas.

La génesis: la riada de 1947
Meses antes de la riada, la región padeció una acuciante sequía que desecó varias de las lagunas de Ruidera. Pero el invierno de 1946 a 1947 trajo importantes y copiosas nevadas que, en el deshielo de 1947, se tradujeron en grandes avenidas con importantes afectaciones en el entorno fluviolacustre (“El hombre y el agua de las lagunas de Ruidera”, Juan Carlos Marín Magaz. Ediciones Soubriet 2007). Las crónicas de dicha e histórica avenida hablan de la rotura de la barrera de la laguna del Rey por las inundaciones sufridas en la población de Tomelloso, que se alborotó (con razón) ante la posibilidad de una riada de proporciones devastadoras. Todos los esfuerzos se centraron en la contención de las aguas de dicha laguna y la reparación de su barrera. Por eso subestimó lo que había pasado aguas arriba, muy arriba, entre las lagunas Tomilla y Tinaja. Dado que allí aún no había ninguna vivienda asentada, el agua (que se desbordó por toda la zona creando nuevos cursos, cascadas, pozas y derrumbes) no causó daño material alguno. El suceso, pues, pasó desapercibido para los periódicos y las crónicas. Pero geológicamente la actividad fue frenética, y el curso actual es su resultado.

Curso actual del torrente.

Antiguos cauces
Antes de dicho año, el agua tenía un claro curso marcado en mapas que también recogen los diferentes aprovechamientos hídricos que a lo largo de los siglos disfrutó el hombre. Y es que la barrera tobácea que cierra la laguna Tomilla, en forma de presa de gravedad, es impermeable (Plata y Pérez, Zabaleta, 1995); es decir: impide la conexión subterránea del agua hacia las hermanas inferiores en el curso del río, lo que obliga a ésta a saltar todo su volumen desbordándose sobre un plano de gradiente más acentuado: una verdadera rampa conformada por un lecho recubierto por carbonatos tobáceos de facies detríticas (calcarenitas y lutitas). No es de extrañar que desde antiguo se encauzaran los derrames naturales para alimentar batanes (de las Beatas), molinos (Ringurrina) o más recientemente la central hidroeléctrica de Ruipérez (hoy tristemente abandonada a su mala suerte). Podemos apreciarlo en este mapa de 1916 de Ezequiel Naranjo Sobrino, que representa sendas tomas de agua que parten de la laguna Tomilla: una (en la margen izquierda del río) atraviesa rápidamente el terreno directamente hacia la laguna Tinaja. La otra (que es la que nos interesa, en la margen derecha del río) se desvía tras una curva hacia los antiguos batanes y molinos de las Beatas, a los pies de los cerros, cuyo caudal se bifurca a continuación para alimentar la entrañable huerta de la Ringurrina (que acaba desembocando en la laguna Tinaja), mientras que la otra ramificación busca el molino de Ruipérez, transformado en central hidroeléctrica poco más adelante.

División hidráulica del Guadiana. Ordenamiento de zonas de regadío. Río Alto Guaiana. 1916.
Ministerio de Cultura. Archivo general de la Administración.
Signatura Ca 18302

Los nuevos cauces
Ni en este ni en otros mapas aparece nunca la poza ovalada. De hecho, claramente el cauce es distinto al actual: bordeaba los cerros. Pero, posteriormente, no sabemos si artificial o naturalmente, el antiguo cauce (que alimentaba los molinos o batanes de las Beatas) se abandonó: así, poco después de iniciar su trayecto desde la laguna Tomilla, una nueva curva en el cauce lo desvió hacia el centro de la barrera tobácea, y la atravesó prácticamente en línea recta. Lo podemos apreciar en la fotografía aérea del llamado “Vuelo americano serie B”, realizado por el Army Map Service de EE.UU., de entre 1945 y 1946, es decir: justo antes de la famosa avenida. Podemos comprobar que aún no aparece la poza “Plaza de toros” ni otras cascadas actuales. A este curso lo llamaremos “nuevo cauce”.

Imagen de 1945-1946 del “Vuelo americano serie B”, donde no aparece la poza “Plaza de toros”.
La misma imagen con indicaciones.

El cauce actual, joven emisario
Este nuevo cauce fue más o menos estable, aunque condicionado por los aprovechamientos de la central de Ruipérez (aún en funcionamiento), por lo que no sufrió grandes alteraciones, seguramente debido al escaso caudal que portaba. Prácticamente, se dejaba caer por la pendiente buscando la siguiente laguna. Pero la gran avenida de 1947 lo dotó de un poder destructivo-constructivo que le permitió excavar el terreno y socavarlo, creando la vistosa cascada previa a la poza. Más abajo, cambió su curso hacia el Norte en un pronunciado codo, lo que mandó el agua hacia terrenos vírgenes donde, al encontrarse con materiales más duros (unos) y más blandos (otros) excavó la hoy famosa poza.

Deslice el cursor izquierda-derecha.
Imagen izq: anterior a 1947. Imagen derech: 1956.

Podemos intentar resumir este lío de cauces viejos, nuevos y modernos en una sola imagen. Y sería ésta:

Los estromatolitos
La zona cuenta con una gran representación de diversos estromatolitos. En el origen de la palabra “estromatolito” encontramos una buena pista de su significado: la inventó hace más de un siglo Ernst Louis Kalkolwsky, y quiere decir “tapiz de roca.” Y es que los científicos de entonces se extrañaron al encontrar estas estructuras internas en los estromatolitos, e ignoraban cómo se formaban. Hoy sabemos que son una de las primeras evidencias apreciables a simple vista de la aparición de la vida en nuestro planeta (hace unos 3.500 millones de años). Son rocas bioconstruidas; es decir: generadas por seres vivos, como los arrecifes de coral. En este caso, son estructuras minerales bénticas (que habitan sedentariamente el fondo de ecosistemas acuáticos) de microbialto (formadas por la captura de sedimentos y la precipitación de mineral por parte de microbios). En palabras llanas: microbios que al crecer en el fondo acuático fijan material mineral por capas que se petrifica en estructuras llamativas. En el fondo de la poza de Ruidera encontramos estromatolitos unidos lateralmente formando macroestructuras onduladas (“Estromatolitos, las rocas construidas por microorganismos”, Marta Rodríguez-Martínez, Silvia Menéndez, Elena Moreno-Eiris, Amelia Calonge, Antonio Perejón, Joachim Reitner, 2010). Antes y después de la poza encontramos más estromatolitos de diversas formas. Aunque no son tan antiguos como se cree, su importancia radica en que hoy se desarrollan en muy pocos lugares del planeta.

El fondo de la poza esconde jóvenes estromatolitos.

Derrumbes
Además de los estromatolitos, encontramos las típicas formaciones kársticas por precipitación y fijación de carbonato cálcico que abundan por todo el parque (tobas). El proceso aquí es muy joven, por lo que encontramos una actividad infrecuente de etapas tempranas, con constantes construcciones y derrumbes, cascadas que cambian y orillas que se colapsan, como observamos en las siguientes fotografías:

Colapso de una formación cárstica joven por la fuerza del agua.
Colapso de una orilla por la fuerza del agua.
A lo lejos, a la derecha, se aprecia el colapso de la orilla. Ocurre igual en su contraria.

Una nueva riada: las urbanizaciones
Desgraciadamente resulta ineludible hablar de esta zona sin abordar un problema reciente. Y es que, desde la segunda mitad del siglo XX, se produjo otra gran avenida: la del ladrillazo. Pese al abundante terreno virgen de los alrededores, no se pensó en nada peor que en construir bien cerca del agua. Así, se desarrolló en esta zona una intensa actividad urbanizadora. Se levantaron chalés por doquier, sin respetar un mínimo de espacio respecto al agua, ahogando y asfixiando el propio cauce. El agua prácticamente desapareció de la vista en medio de una maraña de casas descontrolada. Pero la Naturaleza no entiende de los sinsentidos del ser humano (siempre avaricioso, siempre egocéntrico), y continuó con su actividad erosiva, causando derrumbes que amenazaron a las construcciones usurpadoras del espacio natural.

Lágrimas de cocodrilo
En 1996 sonaron todas las alarmas ante la histórica avenida, y se tuvo que reforzar el cauce. A lo largo de los años, y ya en el siglo XXI, los desplomes del terreno siguieron produciéndose, y han puesto a las construcciones en grave riesgo de hundimiento.

Caudal reforzado para proteger las construcciones en 1997
(Fuente: Diario Lanza, archivo personal).
Obsérvese cómo dice “el caudal junto a una de las edificaciones”, cuando debería decir: “Las edificaciones junto al caudal”
La zona morada señala la agrupación de construcciones sobre el cauce. (fuente: SIOSE)
Señalado en azul, la zona “No urbanizable” de “Especial protección”. (fuente: SIU)

Zona “No urbanizable”
En la actualidad, la zona registra (oficialmente) en tan sólo 4,5 hectáreas: 36% de edificaciones; 4,5% de lámina de agua artificial (piscinas o similares); 10% de suelo sin edificar; 4,5% de cultivos herbáceos; 4,5% de frutales; 31,5% de coníferas; y 9% matorral (Fuente: Sistema sobre la ocupación del suelo de España, del Plan Nacional de Observación del Territorio, dependiente del Ministerio de transporte, movilidad y agenda urbana). La clase de suelo es “rústico” con categoría “No urbanizable de especial protección” con adscripción “Protección del dominio público hídrico”, y está denominado como “Río Guadiana”, todo oficialmente publicado por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha en el “Sistema de información urbana”. La comparación, en cualquier caso, más elocuente entre el pasado y el presente es una imagen que vale más que mil palabras (o datos):

Desolador panorama de apropiación del espacio natural y público por parte de construcciones que asfixian el cauce del río. Deslice el cursor hacia cada lado.
La fuerza del agua reivindica su espacio. Al fondo, construcciones.
Poco a poco, el agua irá reclamando su espacio…

Héctor Campos
(Un mindundi)