“Demetrio, el de Daimiel” y otros antiguos pescadores con garlitos y trasmallo en el Alto Guadiana (I)

CAVILACIONES EN RUIDERA
Por Salvador Jiménez Ramírez

En los diversos ciclos de la naturaleza, bien de abundancia o escasez, en ecosistemas como el del Alto Guadiana, el recurso de la pesca contribuiría, en mayor medida que el de la caza, a mantener el dinamismo de los grupos humanos o de la “ecología” humana… Clanes arcaicos, a veces desorientados, atrapados en estas geografías, que en las escaseces, se batían con encono o se replegaban sobre sí mismos… Y en los más variopintos estadios, vivieron, destinados por las leyes de la vida, episodios de alegría íntima y colectiva; con dichas y grandes desdichas, al convertirse el lugar en campo de batallas invasoras y foco de enfermedades zoonóticas y antroponóticas… Hace tiempo, al propinar un puntapié a unas lajas de caliza en un mogote, donde aparecían restos cerámicos protohistóricos, en superficie, junto a una guarida de conejos; sincrónicos de las reliquias, eran visibles restos de conchas de moluscos bivalvos autóctonos y vestigios de cangrejos comunes, escarbados por los roedores. Por ello insistimos que, la pesca en el ecosistema del Alto Guadiana, ha estado tanto o más ligada a la vida humana, que la caza; siendo fundamental para la supervivencia de conglomerados indígenas y pequeños grupos familiares, colonizadores en sistema nómada de subsistencia… Cuando por las diferentes causas, se producían degradaciones de la masa forestal, la fauna o biodiversidad cinegética de los campos, sufría impactantes mermas o incluso episodios de extinción, bien a causa de capturas excesivas, por problemas de reproducción o por el éxodo de los animales; lo que no ocurría, de forma tan impactante, con la biodiversidad acuática o con el ecoequilibrio de la fauna piscícola…

Al igual que los recursos cinegéticos, la pesca de la Cuenca del Alto Guadiana; bienes naturales semovientes ambos, propiedad de dignidades religioso-militares, señores feudales y terratenientes-aguatenientes, en la mayoría de las circunstancias, se han venido aprovechando ocultamente o de manera furtiva, por las clases menesterosas del lugar, para sobrevivir; dado el carácter privado del paternóster fluvio- lacustre… Antiguamente, eran los Concejos, Consejos, el Estado y las clases opulentas, los encargados de administrar, entre otros caudales, el recurso de la pesca, subastándola y adjudicándola a los postores más solventes…

En la Cuenca del Alto Guadiana, que también deberíamos llamar “Cuenca Comercializadora de Agua”, datos históricos de 1575, relacionados con el bien piscícola, en el término de Ossa de Montiel, ponen de manifiesto que rentaba 30.000 maravedíes. Y solo la laguna “La Sampedra” doce ducados; empleándose para la captura una red lanzadera llamada xabega y otra trampa llamada balancín.

Cuando el 2 de diciembre de 1927, la sociedad anónima Energie Eléctrique du Centre de L’ Espagne, con sede en París, vendió las Siete Lagunas Altas de Ruidera, por el precio de 42.000 pesetas, a don Luis de Figueroa y Alonso Martínez, conde de la Dehesa de Velayos, la razón social vendedora se negó a seguir personada en el expediente que, en aquel año se tramitaba en el Ministerio de Fomento, respecto de la subasta de la pesca de las Lagunas de Ruidera.

A principios de los años cincuenta, eran varias las familias que dependían del medio piscícola, en la ribera del Alto Guadiana, practicada con garlitos tejidos con retallos de mimbre y juncos “churreros” o de “esteras”= (Juncus effusus); con plomadas de tomiza, donde engarzaban anzuelos, trasmallos; embarcados en barquichuelos muy peculiares, de fondo plano, con los extremos convertidos en sendas proas muy agudas, para deslizarse y maniobrar con el mínimo esfuerzo en riachuelos; entre mansiegares y carrizales…

La pesca con barco y trasmallo, casi siempre se llevaba a cabo en la nocturnidad o “al amparo de la noche”… “Las noches más lóbregas y unos días antes de las subías= (desove) de los barbos, algunos tan gordos que les decíamos “Gorrinetes” y tremendas manadas= (cardúmenes) de bogas, era cuando mejor se nos daba la cosa…, y cuando peor con la luna llena; que era cuando menos nos interesaba pescar, porque la pesca entraba mal a los trasmallos y cuando era más fácil que los civiles nos echaran el guante”. Nos comentaba un pescador de aquellos tiempos…

En los días de mi niñez, el pescador de la aldea de Ruidera más viejo era: “El Hermano Pitos”, (“El Hermano Adeclín” había fallecido años antes, en una casuca que había a escasos metros del Puente de La Esclusa y de la laguna “La Cenagosa”) al que recuerdo con vaguedad enredando en sus garlitos y entrelazando alguna deshilvanada red… De los foráneos quedaba “Demetrio el de Daimiel”… Basándonos en los datos proporcionados por don Eulogio Parra, propietario, entonces, de una finca lindera con el río, (al poco Pantano de Peñarroya) hoy conocida como “Las Casas de Parra”, en un bohío cercano al caserío, moraba Demetrio, pescando junto con su padre y hermanos… “Demetrio el de Daimiel”, – nos ilustra don Eulogio- se llamaba Demetrio López Astilleros y era hijo de Santiago y de Benita; tenía tres hermanos, José, Patricio y Remedios, que era guardia civil en Daimiel, luego destinado al cuartelillo del Pantano de Peñarroya y sus hermanas, Cándida, Candelaria y Josefa. Casado con Misericordia, natural de Tomelloso, tuvieron un hijo llamado Santiago… Luego haría vida con otra mujer de Tomelloso, que tenía cuatro hijos, pueblo donde vendían la mayor parte de la pesca capturada… Los peces y los cangrejos los transportaban en tres borricos que tenían: “Cachuela”, “Laña”, blanquinegro y “Clavillo”, negro… Pero por episodios de violencia machista, la mujer, un día, se vio obligaba a tirar de faca poniéndole las peras a cuarto a Demetrio… La mujer aquella, por la que Demetrio estaba pirrado y que se fue a Valencia… De Tomelloso- continúa informándonos don Eulogio- también era la mujer del yesero “El Pinche”, que se llamaba Vidala, que “atendía” a un cura de Tomelloso… “El Pinche”, que tenía malas pulgas, se llamaba Saturnino Mezcua Mora, que tenía una yesera en “Vado de las Piedras”, que quedó cubierta por las aguas del Pantano de Peñarroya y otra aguas más arriba… Y vendía mucho yeso en varios pueblos de La Mancha, acarreado con carros y tres pares de mulas… Tenía un gran negocio… ¡Cómo ha cambiado la vida…! Si la gente que había por estos ríos, pescando y haciendo zarzos, desde los cenagales y carrizales de la laguna de La Magdalena para abajo, al terminarse la guerra, como la familia de Demetrio, que tenían la caseta cerca de nuestro cortijo, y otros chozos y cuevas, estaba comida de paludismo y calenturas de las vegas… Si mal sobrevivían segando carrizo y haciendo zarzos para venderlos en Argamasilla, Tomelloso, Socuéllamos y otros pueblos y vendiendo unas banastas cangrejos, de peces y alguna pieza de caza, a escondidas… El “regazo” de Tomelloso, amparó a muchas de aquellas pobres gentes…”.

Magnífico dibujo de antiguo pescador sobre su barco, realizado por el médico don José Martínez Benito.

Por Salvador Jiménez Ramírez, escritor e investigador.