Nuevo libro de Salvador Jiménez

Segunda parte de “Retazos y relatos y vivencias”

Hubo una época en la que los hogares olían a leña y romero. En la que, con el sol, se ponían esperanzas y desalientos. En la que por la noche se oían rezos y suspiros. Hubo, en realidad, muchas épocas. Un alma lúcida entre todas ellas abría los ojos con asombro, curiosidad y dudas; muchas dudas. Y empezó a preguntar. Sin encontrar siempre las respuestas apropiadas entre quienes le rodeaban, buscó otras fuentes. Bebió de libros y prensa. De filósofos y pensadores. Miró el cielo y el cielo le contestó con luces que “bailaban”. Se topó en la tierra con restos del pasado. Allá donde otros sólo veían escombros que molestaban, él encontró respuestas. Y, para evitar que se perdieran para siempre (por a quienes les molestaba para especular, tergiversar o difamar), fue recolectándolas y publicándolas en libros y artículos durante décadas. Ahora rescata gran parte de esos “retazos de relatos y vivencias”, guardados con celo en la intimidad de su memoria, y construye una impresionante y completa crónica, fiel reflejo de esas épocas en un entorno excepcional: las lagunas de Ruidera. Todo un legado que habla de los miedos, las miserias y los dramas de una sociedad pretérita. Pero, también, de sus risas, sus complicidades, sus amistades, sus buenos momentos. Sus supersticiones, sus leyendas, sus realidades. Crónicas de vidas en blanco y negro que llegan hasta nuestros días, que no siempre han podido (ni sabido ni querido) solucionar los enquistados problemas que a algunos les interesa perpetuar.

La mirada de Salvador Jiménez Ramírez está cargada de profundidad. Uno no sabe qué está pensando cuando le mira. Y se siente pequeño. Porque esa mirada atraviesa el propio pensamiento. Como si leyera dentro de nosotros. Durante décadas ha sabido leer los acontecimientos de los que ha sido testigo; y no son pocos ni nimios. Ha visto cómo su pequeña aldea manchega se ha transformado de un olvidado pueblo pedáneo (de calles embarradas y casas de techos de paja) en el epicentro turístico del interior por antonomasia, sin que se haya ordenado nada previamente, y controlado poco después. Así, Salvador tuvo que aprender a ponerse el traje adecuado en cada momento: el arqueólogo que rescataba valiosos restos justo antes de ser pasto de tractores; el ecologista (no existía esa palabra aún en el vocabulario de a pie) que veía con preocupación como se contaminaba y sobreexplotaba el entorno para el engorde económico de cuatro gatos (¿pardos?); el cronista que retrató a sus vecinos en sus quehaceres cotidianos; el periodista que contó en la prensa regional lo que ocurría tan lejos de los despachos… Y, entre tanto, su propia vida, sus propios sentimientos, sus propios anhelos, vividos con la pasión de quien no se conforma con una explicación y quiere saber la raíz del conflicto que le desvela.

Hace ya catorce años que Salvador publicó la primera parte de esta obra: “Cavilaciones en Ruidera, retazos de relatos y vivencias de un don nadie”, lo tituló aquella vez. Hoy ha simplificado el título, pero no ha dejado de cavilar en la tierra que le vio nacer. Y sabe también que no es un don nadie (acumula un buen currículo literario), aunque podría lucir con orgullo el serlo, si eso significara no haberse vendido a los butacones que hoy ocupan otros sumisos pusilánimes. En esta segunda parte, de más de ochocientas páginas, el lector viajará de nuevo a aquellas épocas que citábamos, redescubrirá tradiciones olvidadas, utensilios añejos, objetos y lugares perdidos… Todo está completado con abundante material gráfico. La mirada crítica denuncia injusticias y atropellos, que Salvador padeció en propias carnes tantas veces, y que ojalá ya sólo sean como aquellas fotos arrugadas: algo del pasado. Porque quien ama su tierra como la ama Salvador, quien la ha defendido con tanto ahínco, sólo debería obtener como recompensa el respeto de cuantas almas sensibles se crucen en su camino.

Pueden hacerse con esta obra en establecimientos de Ruidera (Tienda de la Isabel), el estanco de Ossa de Montiel, en Villanueva de los Infantes, Tomelloso y Argamasilla de Alba.

Héctor Campos