LA MIES SE TRILLABA JUNTO A LA LAGUNA DEL REY. LA ÚLTIMA PARVA EL AÑO 1980 (ll)

Cavilaciones en Ruidera. Por Salvador Jiménez Ramírez.

A la vez que, en la era, (a la que los romanos llamaban área) se abeldaba el grano de la paja desparvada, con palas de madera y horcas de almez, algunas trillas-trillos se volteaban con la parte ventral hacia arriba, para “empedrar” o “empernalar” las partes de las tablas donde habían desaparecido los pedernales-“pernalas” (microlitos de cuarcita-sílex) en la faena del trillado. Las lascas o pedernales mejor tallados, procedían de las provincias de Cuenca y Guadalajara. Don Rafael Mora Alcázar, que tantos datos nos viene aportando en este y otros trabajos, nos informa que también se extraían considerables cantidades de pedernales del afloramiento de cuarcitas ordovícico-silúricas del “Cerro de La Mina”, en el término municipal de Ossa de Montiel. Los renteros y pequeños propietarios que tenían la orza y el atroje más colmados, cuando el entablado o planchas de las trillas-trillos estaban desgastados o carcomidos; —“¡toó bujeros!”— habiendo sido restaurados varias veces por carpinteros de Tomelloso, por “Los Pepines” o por “Los Pelayos” de Ossa de Montiel, mercaban trillas más “modernas” y nuevas en Manzanares, Tomelloso y a merchantes de Cantalejo, Cuenca, Guadalajara, Toledo, Salamanca, Extremadura y Valdepeñas de Jaén, donde se manufacturaban trillas de manera industrial. En la población de Cantalejo, los años de buenas cosechas, se solían confeccionar entre cuarenta y cincuenta mil trillas —nos informa un “trillero” de antaño—. En los pueblos comarcanos de Tomelloso, Ossa de Montiel y otros, los carpinteros solían elaborar entre veinte y cuarenta trillas al año; aunque de peor calidad.

El nombre de trilla se deriva del latín tribulum. Esta palabra en latín, acabó denominando trilla-trillo, en castellano, a este mecanismo con tablas de madera, pedernales, fracciones o sierras metálicas. Este vocablo también se aplicaba a un tipo de trillo de rulos, al que los romanos llamaban plostellum phoenicum. La antigüedad de la trilla-trillo se remontaría al periodo neolítico. En necrópolis de Armenia, fechadas entre los siglos VII-V (Mingote Calderón) se han prospectado pedernales y piezas relacionadas con las trillas. Referencias que datan de tiempos romanos, indican que cuando el ejército romano alcanzó la Celtiberia, se encontraron con poblados indígenas que trillaban la mies con trillas, tipo tribulum. Autores romanos como Plinio, Columela y Varrón hacían mención al trillo-trilla-tribulum. En aquel entonces, la trilla-trillo-tribulum no solo se utilizaba en lo que hoy es Castilla-La Mancha, si no en casi todo el territorio peninsular, en las islas y en gran parte de Europa mediterránea…

Los animales, cuando no trituraban la mies con el “pisoteando”, se uncían o enganchaban a la trilla, bien con un yugo o timón de “Tiros” engarzados a la collera del cuello del animal y a una traviesa de madera clavada en los listones de madera, con anillas en los extremos denominadas “Trilladeras”. El tribulum pervivió en lo que hoy es Castilla-La Mancha hasta los años sesenta, época en la que se implantaban, de forma generalizada, las máquinas cosechadoras y las aventadoras. Las trillas-tribulum localizadas en la zona, tienen un metro cincueta centímetros de longitud y una anchura media de un metro; alternándose veintiocho sierras de hierro con unos mil quinientos pedernales. La trilla-tribulum solían estar forjadas con tablas de madera, de distinto ancho y grosor, donde se incrustaban los pedernales y sierras de metal; ligeramente levantada la parte distal o anterior, para que no se “clavara” en la parva o arrastrara la mies No nos ha sido posible pesar las piezas líticas, ya que las trillas son propiedad de particulares. Antiguos agricultores nos informan que había trillas que llevaban incrustados más de diez kilos de pedernales, “y cada arroba de pernalas costaba entre seis y siete reales…”. Las trillas-tribulum, —nos informa un inveterado agricultor—“aguantaban dando calamorrazos más de veinte años, si se cuidaban un poco…; siendo las de mejor pinta y hechura, y más módicas de precio las de un pueblo que le decían Cantalejo; que las vendían por estas tierras unos carreros de por allí…; y las horcas de almez las traían a estos pueblos fabricantes de Valencia; de la comarca de Ayora, que decían que eran las mejores…”. “Las primera trilla que compró mi padre— nos revela el informante— cuando la guerra civil, le costó unos diez duros; cuando dando un jornal y segando se ganaban unas seis pesetas y algo más a “estajo”… Y a los muchachos trillando, al que más le daban eran dos reales o una peseta y un cantero de pan… Y por los años cuarenta, las trillas costaban entre quince y veinte duros”. “Yo compré—interviene un segundo informante—una trilla a finales de los años sesenta y me costó mil duros y me acuerdo que las pocas trillas que se compraban ya, al borde de los años setenta, valían dos mil duros y más…”.

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